El luchador – I. C. O. (estudiante de Medicina)

Acabo de subir las escaleras. Atravieso el primer corredor y ahí está la puerta. La abro y permanezco inmóvil escuchando. Avanzo unos metros. Una de las enfermeras me saluda. Yo le devuelvo el saludo y le digo que voy a ver al enfermo de la 15. Ahí está, tras la puerta de cristal. Me quedo como paralizado, no sé reaccionar. Es la imagen de un hombre que lucha por sobreponerse a la muerte.

Dibujos en la pared – Juan Diego Pérez-Miranda (4º ESO)

Un día pensó que a la pared blanca le faltaba alegría. Que se iba a volver loco tanto tiempo encerrado allí. Que a cada despertar iba a tener que volver a observar con frustración la horrible pared blanca y que además iba a ser uno de sus pocos acompañantes en el largo duelo que le esperaba. Él no había retado a la enfermedad. La enfermedad le había retado a él. Él no hubiera querido nunca en su vida estar allí. Y lo peor era que no tenía espada para vencer a la enfermedad. El tiempo correría, imparable, ante sus ojos. Y él nada podría hacer por sus medios. Que en todo caso contaba con los médicos. Que tarde o temprano alguien acabaría venciendo y un mal presagio le decía que no sería él. Y aunque sabía que los médicos intentarían ayudarle, más que parecerse a su espada, se parecerían a un escudo que el tiempo haría retroceder poco a poco. Pero una cosa sabía, no iba a perder el duelo antes de haber encontrado la felicidad en sus muchos quites. Pensó que si ese largo duelo se le había presentado a él y solo a él, era porque en su trasfondo había algo precioso. Decidió que empezaría a hacer dibujos en la horrible pared blanca mientras se encendía en él la llama de la esperanza.

La comunicación de los silencios – Jesús Nistal (2º Bach.)

Vivimos en una sociedad que no aprecia el silencio. El hombre moderno parece tenerle pánico. Bastaría con echarle un vistazo a nuestra factura mensual del móvil, observar cuántos hacen footing o “estudian” con música, o contar los segundos que tardamos en conectar la radio al meternos en el coche para constatar esta verdad. Vamos de ruido en ruido, de gestión en gestión, de negocio en negocio. Todo nos parece “urgente”. Corriendo a todas partes sin apenas detenernos en ninguna. Prisa y más prisa. La vida nos lleva, nos arrastra; se nos pasan los días y no somos capaces de sujetar sus riendas. ¿Resulta tan difícil encontrar un hueco para pararnos y, con calma, recapacitar?

Lo cierto es que sin silencio es difícil reflexionar. “El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad, la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que todavía no ha encontrado su alma. Sin interioridad, el hombre moderno pone en peligro su propia integridad” – San Juan Pablo II en su última visita a España – y olvida que la vida no es una carrera, sino un tiro al blanco, que lo que importa no es el ahorro de tiempo, sino la capacidad de encontrar una diana.

Hay un dicho que reza: “asegúrate, antes de hablar, de que aquello que vas a decir sea más bello que el silencio”. Y es que esta falta de silencio se relaciona, en gran medida, con la gran capacidad de algunos de caer en la superficialidad, pues quien desprecia los silencios fácilmente despreciará las palabras. Hablar por hablar. Opinar por opinar. Total: es gratis. Son quienes creen saberlo todo sobre fútbol, coches, horóscopos, política, moda, música o la “última opinión” los que, al mismo tiempo, mantienen una gran laguna sobre lo esencial.

Ahora bien, hay personas que comunican más por lo que no dicen que por lo que dicen, y, si escuchamos sus silencios, nos daremos cuenta de que están cargados de significado. Es en estos silencios donde se cumple lo que dice I. Dinesen: “donde el cuentista es inquebrantablemente leal a la historia, allí, al final, habrá silencio. Donde la historia ha sido traicionada, el silencio tan solo es vacío. ¿Quién, entonces, cuenta mejores cuentos que cualquiera de nosotros? El silencio. ¿Y dónde lee uno cuentos más profundos que en la página más perfectamente impresa del más precioso libro? En la página en blanco. Cuando una regia y valerosa pluma, en su momento de mayor inspiración, haya puesto por escrito su cuento con la tinta más rara de todas, ¿dónde, entonces, puede uno leer un cuento aún más profundo, más dulce, más alegre, más cruel que ese? En la página en blanco.”

Estos silencios no son lejanos en el tiempo, también se pueden conseguir hoy en día. Y, aunque te entren ganas de gritar: ¡Reacciona! ¡Despierta! ¡Haz algo! , la mejor respuesta, al contrario de lo que parece, es callar. El silencio no es en modo alguno una muestra vacío interior. Cualquiera, con una personalidad fuerte y convicciones arraigadas, que es consciente de que está llamado a la plenitud, y sabe distinguir y apreciar la verdad dentro de esta marabunta de opiniones, ideales y filosofías sacadas del pensamiento erróneo, propio de la naturaleza debilitada e imperfecta del hombre, no calla por falta de ideas, por mero cansancio, por no saber qué decir (como le puede ocurrir al que en un examen se le pregunta “casualmente” el tema que no ha estudiado); ni por temor a las consecuencias. Los silencios de una persona así son muestra de fortaleza y plenitud; ejemplo para quienes continuamente pregonan a los cuatro vientos las contrariedades de sus problemas, y para quienes se sienten urgidos a dar constantemente explicaciones de lo que hacen y dejan de hacer.

En definitiva, que nos pongan nerviosos los silencios no es problema de los silencios, sino de que no sepamos interpretarlos. Aprende a escuchar y respeta los silencios.

La decisión – Jesús Nistal (2º Bach.)

Un paso. Otro. Un paso. Otro. Un paso… Aire. En su cabeza solo había lugar para un pensamiento: «Debo llegar». Un pensamiento plasmado en una decisión, en un objetivo… En un suspiro. Todo se desvanece, y en el vacío es arropado por un torrente de sollozos, reflexiones, deseos, lamentos, peticiones, agradecimientos, anhelos… Toda una vida subiendo los peldaños de una escalera envuelta en tinieblas, una escalera que, al alcanzar el último peldaño, te enfrenta a la más grande decisión: deshacer el camino andado o dar otro paso adelante y… dejarse caer .